Lo más difícil de emigrar…

Confieso que nunca pasé por el trauma de cambiar de colegio… De hecho, siempre quise cambiarme!!! Tampoco me mudé de urbanización ni de edificio. No tuve nunca que cambiar de Universidad ni tampoco de carrera dentro de la misma Universidad. Y gracias a ciertas actividades políticas que realicé mientras estudiaba en la U, llegué a conocer a mucha gente con las que aún hoy mantengo contacto. Eso me permitió siempre tener un conocido con quien apoyarme donde quiera que llegara: un punto de apoyo social, que me daba cierta seguridad para avanzar en cualquier proyecto que quisiera emprender.

De hecho, mi venida a Chile fue gracias a un gran amigo (FH), quien me invitó a postularme para una vacante en su empresa. Después de postularme, me hicieron una serie de entrevistas telefónicas para verificar las competencias técnicas y seguidamente me invitaron a venir a Chile para una entrevista en persona. De todas las personas con las que hablé, recuerdo una conversación que tuve con el que fuera director para ese entonces de la empresas: Fernando Coura. Me dijo: “No te voy a entrevistar! Yo asumo que ya te hicieron las entrevistas técnicas del caso. Yo sólo quiero preguntarte cómo va a ser tu plan de integración a la sociedad chilena.”   Así las cosas, fue relativamente sencillo empezar en Chile: tenía trabajo y dinero para sustentarme.

Lo que nunca me imaginé, era lo difícil que iba a ser relacionarme aquí en Chile: creo que sobre-estimé mis propias capacidades en materia de relaciones y que hice un mal cálculo respecto a Chile, en virtud de cómo fue mi recibiemento en las primeras de cambio. Pido por favor no ser mal-interpretado: siempre daré las gracias a Chile por todas las puertas que me ha abierto y los aprendizajes que me ha dado. Pero esa percepción de calidez del venezolano, tuve que comprobarla en mi propia piel cuando llegué aquí.

Otra de las lecciones que me ha dejado mi experiencia en Chile, es sobre las relaciones en pareja: no es lo mismo emigrar sólo que emprender ese proyecto de la mano de un compañero de vida. Voy a tratar de explicar las razones aquí:

Emigrar en pareja, fortalece los lazos de la relación. Ese fortalecimiento parte de la base de un conocimiento anterior de la persona, en su circunstancias naturales, dentro de su propio territorio, en confianza consigo mismo y su entorno. Así las cosas, no hay peligro de que al llegar al nuevo país algunas inseguridades producto de las nuevas situaciones a las que uno se enfrenta y que en todo caso siempre son temporales, vayan a hacer mella en la relación. El apoyo del otro se convierte en el factor más importante para fortalecer los lazos de esa relación, pues reconoce que aunque hayan días malos, esa persona recobrará la confianza necesaria en sí mismo. Y ese apoyo es mutuo, por lo que pese a las caídas, no habrá una sensación de des/ventaja frente al otro.

Distinta es la situación cuando inicias una relación en el país a donde llegas. De partida las cosas no son iguales para ninguno de los miembros de la pareja: ni las alegrías, ni las peleas, ni las tristezas. Se requiere mucha empatía y paciencia para entender al otro y no todo el mundo está dispuesto a asumir esos compromisos a las primeras de cambio en una relación.

Así, frente a un problema que puede ser realmente pequeño, el recién llegado puede sentir que es una tragedia, mientras el local seguramente no encontrará mayor complicación. Las cosas cotidianas como las peleas de pareja, para el que emigra pueden ser muy tristes y dolorosas pues la entrega es mucho mayor: eso genera una vulnerabilidad sentimental en el “extranjero”, que al local le cuesta comprender pues suele comparar esta relación con sus anteriores. Esa comparación y el sentimiento de dependencia del recién llegado, puede generar una cierta ansiedad en el local, lo cual desgastará la relación más rápido de lo pensado, pues se auna al estress cotidiano y la rutina del día a día.

Parece que es un error común, sobretodo en personas como yo que recién inician una vida independiente (conocido como “late bloomer”), iniciar una convivencia de pareja en estas condiciones, lo cual enfatiza esa dependencia emocional, física y animica respecto al otro. Aunque esa dependencia sea producto de una entrega sincera, resulta igual de nociva, por lo que el local tenderá a desprenderse de esa carga emocional si es que le resulta muy pesada de llevar.

Para el extranjero, es común pensar que el local “debería ponerse en su lugar”, valiéndose de su condición de dependencia: uno asume muchas cosas equivocadamente. Y cuando la relación finalmente se desgasta y llega a un punto de no retorno que culmina con el rompimiento, el recién llegado de repente se da cuenta de que todas esas cosas que una vez asumió, no eran compartidas por los dos y se da cuenta de los “errores” (la mayoría de caracter involuntario) que llevaron a terminar esa relación rápidamente.

Lástima que yo no sabía nada de esto antes… He tenido que hablar con varias personas para tratar de entender ambas posiciones: me quedan en el maletin de experiencias, junto con el deseo de que haya una nueva oportunidad para hacer las cosas bien….

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